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Leído: ‘The faithful executioner’, de Joel F. Harrington

Franz Schmidt ejecuta a Hans Fröschel en mayo de 1581.

¿Como se convierte uno en verdugo? Franz Schmidt (en la imagen de Wikimedia Commons, decapitando a Hans Fröschel) llegó a ser el ejecutor de Nuremberg por una desgraciada casualidad. Su padre, un leñador y pajarero de la ciudad de Hof, se vio obligado por un gran señor, que tenía prisa por dar muerte a unos rebeldes y no quería esperar a la llegada de un verdugo itinerante, a ejecutarlos (bajo amenaza de convertirse, él y otros dos paseantes, en víctimas). Desde ese momento, Schmidt padre  y su estirpe se vieron contaminados por un oficio vil. Privado de la posibilidad de entrar en un gremio artesanal, a Franz no le quedaba otro remedio que seguir la desgraciada carrera de su padre.

En The faithful executioner (El verdugo fiel), Joel F. Harrington convierte la vida de Franz Schmidt en un repaso a los conceptos de honor, ley y justicia en la Alemania que estaba a punto de entrar en la Guerra de los Treinta Años. En su relato, basado en un diario (más bien una relación de ejecuciones, un total de 361, y mutilaciones que debía practicar) que Schmidt dejó y en su conocimiento de la sociedad de la época, puede verse una cierta evolución de la visión que Schmidt tenía de los condenados.

Aunque en algunas ocasiones trasluce una cierta compasión por ellos, en general pesa más el recuerdo de la víctimas de los delincuentes.Franz Schmidt intentó, por decirlo de alguna manera, dignificar su profesión: en un tiempo en el que los  verdugos eran en muchas ocasiones solo un poco mejores que los delincuentes a los que torturaban, Schmidt, abstemio y de una conducta intachable, era un privilegio para la ciudad de Nuremberg. Además, nunca quiso mezclarse con otras de las funciones que iban aparejadas al cargo, como la supervisión de los burdeles.

De hecho, y aunque parezca contradictorio, su verdadera vocación era la de médico. Harrington cuenta cómo el conocimiento del cuerpo humano del que disfrutaban los verdugos los convertía en eficaces sanadores (entre otras razones, porque debían curar a los sometidos a tortura para que llegasen al patíbulo), hasta el punto de que le hacían la competencia a un cuerpo médico que empezaba a formarse de una forma académica.

Pero la medicina -como él reveló más adelante en su vida- habían representado siempre para el veterano verdugo mucho más que un medio para un fin o una fuente de ingresos suplementarios fiables. Al contrario de la odiosa profesión que le habían endilgado, el arte de los cuidados era su verdadera vocación. “Casi todo el mundo”, escribe Franz, “tiene una inclinación duradera hacia alguna cosa con la que ganarse el sustento” y, “la propia Naturaleza ha implantado en mi el deseo de curar”.

A lo largo de toda su vida, el objetivo de Franz Schmidt fue acabar con la mancha que había caído sobre su familia. Después de retirarse, presentó un escrito ante el Emperador para rehabilitar a sus hijos. Lo consiguió.

Harrington, que consigue que su libro no caiga nunca en el morbo, termina con una reflexión sobre cómo esa justicia basada en el castigo corporal (entre otras razones, porque no había medios para otra, como la actual, basada en la pérdida de libertad) estaban incardinada en su tiempo. Y cómo las ejecuciones fallidas podían desatar siempre un estallido social por infligir un sufrimiento innecesario.

No existe hoy defensa imaginable para abominaciones como la ejecución con la rueda o la tortura judicial, pero debemos reconocer que ni una ni otra estaban motivadas en primer lugar por el sadismo de las masas o una indiferencia penetrante hacia el sufrimiento de otros.

El autor tiene razón, y aunque tanto la pena de muerte como los castigos físicos existen actualmente en unos cuantos países, lo cierto es que han desaparecido de nuestro entorno. Y, sin embargo, hace sólo un par de años, Peter Moskos, un sociólogo de Harvard que pasó un año como policía en la Baltimore de The Wire, proponía en In Defense of Flogging dar a elegir a los delincuentes entre la cárcel y los azotes. En su opinión, sería una alternativa a un sistema carcelario que tiene presos a 2,3 millones de estadounidenses.

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