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Leído: ‘Farándula’, de Marta Sanz

Marta Sanz

Marta Sanz.

En Farándula, la novela con la que Marta Sanz consiguió el Premio Herralde, la autora madrileña utiliza la vida de varios actores como lente de aumento para observar los problemas de la sociedad de la crisis: el paro, la precariedad, la incertidumbre personal y económica, la falta de recursos de los mayores…

Toda la novela está teñida de un suave pesimismo, hasta el punto de que da la impresión de que la autora siente una cierta falta de empatía hacia los personajes, como si estuvieran condenados a pagar por sus actos. En ocasiones, hasta sus buenas obras parecen surgir de las razones equivocadas. El listado de personajeNH553_Farándula.indds tiene algo del reparto de una compañía de teatro de hace un siglo, con el primer actor, la primera actriz, la dama joven, el actor de carácter… Sin que sea un roman à clef, es inevitable preguntarse preguntarse si la autora pensaba en personas concretas a la hora de crearlos, aunque algunos tipos, por lo comunes, son evidentes. Como dice uno de los personajes, “también los gestos están corrompidos por el tópico”.
Tampoco tiene, y posiblemente de forma acertada, una visión especialmente positiva del papel y la influencia de la cultura en estos tiempos:

…ella come codornices envueltas en pétalos de rosa o ensaladas envasadas al vacío con estéticas tiras de remolacha que parecen patitas flotantes de medusa, y él roncha jabalíes asados mientras alguien amordaza al bardo de la aldea. “La última imagen define nuestro tiempo”, diría Daniel Valls en uno de su arrebatos de fogoso pesimismo.

Escrita de una forma sólida, Farándula es una novela sobre los actores, pero también sobre los públicos, que se interroga qué tiene derecho a exigir quien paga una entrada para ver una obra de teatro o una película.

Se acordó de su abuela, la mujer de un obrero metalúrgico: se echaba sobre los hombros una estolita de visón de pega para asistir al teatro. Aquella elegancia que a Mili le pareció ridícula y ostentosa durante el tiempo en que ella practicaba expresión corporal y pedía desde el escenario la participación de un público mudo, aquel arreglarse para salir y pintarse las pestañas, eran una pose, un intento de lucirse, la representación que siempre tenía lugar desde y en el patio de butacas. También una muestra de respeto.

 

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