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‘Dime, cuéntame’, el libro que me enseñó literatura de niño

La página doble página con Hermann Hesse, Colette y Camus.

La página doble página con Hermann Hesse, Colette y Camus.

20150212_202631000_iOSSupongo que sobre el año 1976 o 1977, cuando yo tenía once u doce años (tal vez era mayor, tal vez más pequeño), mis padres me compraron una de esas enciclopedias que entonces se vendían como imprescindibles para cualquier familia que quería que sus hijos prosperasen en el colegio. Esta, editada por Argos, había sido publicada desde 1968 bajo el título de Enciclopedia Básica, y estaba organizada en torno a una serie de cuestiones: Dime qué es, Dime quién es, Dime dónde está, Dime cuál será mi profesión, Dime cómo funciona, Dime por qué, con las explicaciones habituales: el Sájara (escrito así), Cervantes, el motor de explosión…

El original había sido publicado en francés por la Editorial Hachette, y es posible encontrar traducciones a diferentes idiomas europeos, como el italiano, el serbio o el finlandés, algunas tan tardías como de 1989. Los autores eran especialistas en libros infantiles, en muchos casos profesores de diferentes niveles educativos.

En esa colección había un séptimo libro (el quinto, en la numeración de Argos): Dime, cuéntame. Los autores originales eran Jacques Gabalda y René Beaulieu, de quienes la Biblioteca Nacional de Francia recoge algunas otras obras juveniles. Curiosamente, ellos no aparecen en la primera edición de traducción española, que está atribuida a Máximo Cortini, Antonio Serra, Xavier Gispert, Ignacio Gaos, Ana Muntaner, Guillem Frontera y Javier Tomeo, bajo el título de “Redacción y adaptación”.

La 'Balada de los ahorcados', ilustrada con unos ahorcados.

La ‘Balada de los ahorcados’, ilustrada con unos ahorcados.

En menos de doscientas páginas, hacía un repaso a toda la historia de la literatura universal, un proyecto francamente ambicioso, pero que superaba con nota. El primer fragmento era de un papiro egipcio, el Canto al Sol; el último, de los Cien años de soledad de García Márquez. La selección de autores es lógica para un adulto, pero tiene algo de llamativa en un libro destinado a niños, preadolescentes en el mejor de los casos. El segundo libro es la Biblia, pero el fragmento sale del Cantar de los Cantares (al que solo de forma reticente se le atribuye una interpretación mística); de los clásicos, además de lo evidente, está la Batracomiomaquia de Homero; entre la literatura medieval está La balada de los ahorcados de Villon, con una ilustración que no deja lugar a dudas; Petrarca, Boccaccio, Rabelais o Montaigne y sus Ensayos en el Renacimiento; Lope, Cervantes, Calderón o Shakespeare en el Siglo de Oro, pero también Racine, Corneille o Milton; entre los románticos, Schiller, Heine, Shelley, Byron, Victor Hugo o Gogol. Es curioso que separen éstas de otras Voces del siglo XIX: Edgar Allan Poe, el Stevenson de El doctor Jekyll y Mr. Hyde, aunque sea algo más lógico en el caso de Zola, Galdós, Clarín o Dostoievsky.

Casi la mitad del libro estaba dedicada a lo que ya consideramos literatura contemporánea, aunque no sea estrictamente así: Ibsen, Wilde, Thomas Mann, Proust, Pirandello, Kafka, James Joyce, Camus, Moravia, Faulkner (a lo mejor ahí les empezó la devoción por Faulkner a los vecinos del pueblo de Amanece, que no es poco), Aldous Huxley o Ray Bradbury (¡ciencia ficción en una historia de la literatura!)…  Y otro apartado está dedicado a los libros que entonces se consideraban literatura infantil y juvenil, pero que también tienen un sitio en la literatura universal: 20.000 leguas de viaje submarino, Pinocho, Alicia en el país de las Maravillas o La guerra de los mundos.

De los autores españoles, no se evitan a los marcados por la Guerra Civil (Machado, Lorca, Alberti, Miguel Hernández) y se llega hasta el Tiempo de silencio, de Martín Santos. Aparecen Nicolás Guillén y Pablo Neruda. Y, en las últimas páginas, se marca por dónde circulaban los Nuevos caminos de la literatura: Brecht, Beckett, Dürrenmatt, Borges, Cortázar o, como he dicho antes, García Márquez. Tenían la vocación de poner en contacto a los niños con la literatura de su tiempo. Tras hablar de que los lectores del libro ya conocerían algunas de las grandes obras de las que hablaban, añadían en el prólogo:

En cambio, habrá otros muchos que veréis por primera vez; pronto serán también amigos vuestros. Muchos de ellos pertenecen a nuestro tiempo, podrían ser, casi, casi, vuestros hermanos mayores. La amenidad de sus cuentos, novelas, poesías o dramas, y el mensaje que tratan de transmitirnos no tiene que envidiar a las obras de los que ya están consagrados, desde hace siglos, por la historia. Por eso hemos creído muy conveniente famliarizaros con estos autores modernos, conocer sus historias de hoy contadas con el lenguaje de hoy.

De cada uno de los autores aparece un fragmento, con un breve comentario y unas líneas sobre su obra. Son, en general, aceradas y valorativas, o, al menos, todo lo que se podía decir en una obra juvenil en 1971. Desde luego, no tomaban a los niños por tontos. Borges se lleva un viaje cuando los autores dicen que “se le considera el gran precursor de la moderna novela latinoamericana, aunque su obra carezca totalmente del sentido crítico que aquélla tiene”. Hablando de Esperando a Godot, escriben: “¿No serán absurdas, por inalcanzables, nuestras esperanzas, y no acabará este absurdo por pasar a convertirse en el centro de toda la existencia?”. De Benavente: “Salvo algunas excepciones, el teatro de Benavente quizá carezca de fuerza dramática y a menudo sea superficial…”. Y cuando hablan de Larra uno tiene la impresión de que tenían la cabeza en otra parte, o en otro tiempo: “Como era un hombre liberal, enemigo de los incapaces gobiernos de entonces y amante de España, pero no de la España de pandereta, sino de la que aspira, mediante el esfuerzo, a perfeccionarse y superar sus defectos, sus artículos fueron censurados muchas veces, y algunos no pudieron siquiera aparecer”.

Pierre Bayard, en Cómo hablar de los libros que se han leído explica la importancia de tener un mapa mental de la cultura, en este caso de la literatura:

Las personas cultivadas lo saben —y sobre todo, para su desgracia, las personas no cultivadas lo ignoran—, la cultura es en primer lugar una cuestión de orientación. Ser culto no consiste en haber leído tal o cual libro, sino en saber orientarse en su conjunto, esto es, saber que forman un conjunto y estar en disposición de situar cada elemento en relación con el resto. El interior importa aquí menos que el exterior, o, si se prefiere, el interior del libro coincide con su exterior, pues lo que cuenta en cada libro son los libros adyacentes.
Por eso, no haber leído tal o cual libro carece de importancia para la persona cultivada, pues si bien no está informada con precisión acerca de su contenido, es a menudo •capaz de conocer su situación, es decir, el modo en que este se dispone en relacion con los otros libros. Esta distinción entre el contenido de un libro y su situación se revela fundamental, pues es la que permite, a quienes la cultura no asusta, hablar sin dificultades de cualquier tema.

Dime, cuéntame me dio, cuando era un crío, ese mínimo criterio para poder empezar a poner un libro en relación con otros. Pero, sobre todo, despertó mi curiosidad por empezar a leer esas obras sobre las que había oído hablar por primera vez en sus páginas. Es posible que hubiera tenido el mismo amor por los libros, pero me facilitó el camino. Casi cincuenta años después, necesita pocas modificaciones: añadir nuevos autores, por supuesto o suprimir otros. Desgraciada o afortunadamente, ya pocos niños han oído hablar de Salgari o de Zane Grey (mi abuelo tenía y creo que yo leí Al oeste del Pecos) y casi nadie de sir Percival Wren) y, probablemente, mejorar la presencia de mujeres. Pero el esfuerzo que hicieron entonces sigue siendo ejemplar.

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